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Albergue Mixuca CDMX

Al llegar a Mexicali en tren, inmediatamente llegaron vehículos de la policía que nos trasladaron a un albergue apodado “el castillo amarillo”. El camino para llegar a ese lugar está completamente escondido, está fuera de las vías de comunicación transitadas por la gente y hay que atravesar un repulsivo canal de aguas negras completamente contaminado. Pensamos que llevarnos a lugares así es una estrategia de la autoridad para que la población no nos mire y así evitar que se solidaricen con nosotros. Ese lugar es una casa como abandonada, la gente a cargo es extraña, no sabíamos si pertenecían a una institución u organización, la casa estaba atiborrada de policías y la comida que nos daban ya tenía varias semanas que había caducado. Ahí nos encontramos con varias personas de la comunidad LGBTI con quienes habíamos caminado desde la frontera sur de México. Ahí nos agrupamos otra vez, pasamos la noche y al día siguiente logramos tomar un autobús hacia Tijuana. En el retén militar de la rumorosa nos hostigaron y amenazaron con detenernos. A los que veníamos en la caravana nos apartaron del resto de las personas que estaban pasando por ese retén; los militares nos revisaron todas nuestras pertenencias y a algunos de nosotros nos acusaron de polleros. Seguimos pensando que las autoridades no sólo no querían que llegáramos a Tijuana sino que no nos acercáramos a la población de esta ciudad fronteriza.

A Tijuana llegamos hambrientos y enfermos. Teníamos mucho miedo porque en Mexicali nos decían que Tijuana se ha convertido en la ciudad más peligrosa del mundo, y en las condiciones de vulnerabilidad que veníamos, lo único que queríamos era descansar aunque no podíamos cantar victoria porque no teníamos un espacio donde bañarnos.

 

En el camino mucha gente nos apoyó, y en Tijuana una persona decidió abrirnos las puertas de su casa abandonada, a la que desde el inicio, le llamamos Casa de Luz.